Alquimia visceral

 Cuando escribo poesía, paso de ser una exagerada a una artista.


Como válvula de escape, es este mundo de letras:

voy y vengo en trenes de versos sin rima, sin orden, sin medidas.


Mi alma extraña tiene un hogar

cuando traduce su dolor a palabras bien articuladas.


El rechazo es mi constante,

hasta que con una pluma enfrento al mundo y su inconstancia.


Paso días y piso letras

cuando la fuerza me abandona.


Quizá deba vivir así:

estampando el horror de mi alma en lindas palabras,


para no asustar a nadie,

para ocultar la joroba que todos consideran asqueante.


Cualquiera diría que un poema es un makeup completo.


Sin embargo, es como un desagüe al que se acude

cuando se vive y muere al mismo tiempo.


Un compás desajustado es aquel que empuña el lápiz.

Un enfermo desquiciado, creador de bellos mundos,

es el escritor que inventa a través de un teclado.


Hoy estoy escapando,

sin miedo a ser juzgada,

pues cualquiera que esto lea pensará que solo es arte,

cuando en realidad es un grito horrible y angustiante.

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