Campo de flores

 El viento mece mi rama,

la estremece, la agita.

La comisura de sus labios se curva cruelmente,

como si quisiera diluir la vista.

El olor que hay en el aire

es tan familiar que me asusta.

Soy como un ave que ve cómo se avecina la desgracia,

pero con las alas rotas no hay hacia dónde volar.

Se repite incesantemente la historia;

es como un absurdo bucle del que no sé escapar.

Ahora todo se oscurece, y qué mejor que oscurezca,

porque nunca pude existir en medio de la luz.

La oscuridad es el hogar frío en el que puedo respirar,

mientras que la luz que hay en mí

existe nítida, cristalina, radiante,

inmutable, eterna, perfectamente protegida.

Pobre de mí, cuando creí que aventurarme

en los campos de flores

me haría sentir un cálido rayo de sol en el alma.

No entendí el horror que provocaría en aquellos aparentemente bellos seres;

mis ojos tan nublados nunca pudieron verlos.

La vida, tan sabia y mesurada,

siempre me advirtió, a través de su rechazo,

que mi lugar estaba en la sombra,

danzando y cantando en un tiempo aislado.

De cierto modo, la promesa de la luz es embriagante:

todo felicidad, todo dulzura, todo amor.

Pero cuán amargas son las mieles de estas flores;

sus espinas, como dagas, penetran la carne.

Caminas incansable en aquel campo de flores,

con la esperanza de sentir algo más que la dulce fragancia de los pétalos,

pero ese día jamás llega.

Solo la promesa, solo la espera.

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