Cuarentena (capítulo 1)
Las calles suelen estar desoladas, a veces me da la impresión de que nunca volverán a ser iguales. Mientras viajaba en el autobús me decía a mí misma que esa vista de calles llenas de personas,todos con sus cotidianas vidas, sería la última, debía disfrutarla. El covid-19 apareció de repente y detuvo la vida de la humanidad, al menos la vida a la que estábamos acostumbrados. De repente comienzas a valorar las pequeñas cosas, como poder salir al menos a caminar en paz y escuchar las risas, a pensar que lo que deseas hacer no debes aplazarlo, que la vida es corta y cambia en cualquier momento, así que debes realmente vivir, es curioso como la muerte te hace valorar la vida.
Antes cada día parecía igual al anterior, el tedio, la tristeza, el deber, la certeza de que muchas cosas se quedarían así, pero la esperanza de cambio no desaparecía, al menos un pequeño cambio. Intentaba resurgir de mis escombros, luchando a diario contra palabras y acciones que me empujaban de nuevo al vacío, pero mi nuevo trabajo y estudiar, hacía que pudiera amar la vida de nuevo, resurgir.
Entonces de repente fue como una luz su mirada, su sola presencia, escuchar su voz, sin buscarlo, imaginarlo o esperarlo.
Observarlo desde lejos, sentirlo como si su energía estuviera dentro de mí, era un gran misterio, y a veces
“cuando el misterio es demasiado impresionante no es posible desobedecer”
(El Principito)
solo decidí vivirlo, porque parecía que no había otra opción, sino disfrutar de que su mera existencia llenaba mi vida de un toque mágico, que me encantaba a pesar de sentir una profunda ansiedad de más.
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