Aedificate

 Soy infeliz, pero no es por ti, nadie es lo suficientemente importante en la vida de otro como para otorgar felicidad, o no que yo sepa, mi querido y dulce mundo atascado en complacencias.

Descubrí que una de las razones para ser infeliz en mi pleno caso es la pérdida de identidad y el retroceso en un proceso arduo al que me dedique por años. Me formé mi propia vida, mi propio mundo, mi propia perspectiva en la que yo era el centro de todo y descubrí, que muy por el contrario de lo que todos decían, el egoísmo era necesario para hacer el bien a otros y a uno mismo, ya que este nos define un camino lejos de apegos y dependencias en las que lastimamos a otros y a nuestra propia alma.


Me quedé en un hueco húmedo, áspero, recalcitrante, lleno de intenciones terribles, por un pasado contenido en un cuento que ni siquiera existió, eso dañó mi alma, sepultó mi ser, acabó mi confianza y todo lo que un día creí sobre tantas cosas, todo lo que construí se vio derribado por las creencias ajenas de amor de esta persona.


Ahora ya no sé quién soy, ni que quiero y mucho menos tengo razones ni argumentos para nada en mi vida, por eso soy infeliz. Solo deambulo en un pasaje sin fin, asustada, en un tren lento y veloz, que espero que pare en algún momento, porque soy incapaz de saber qué hacer.


O más bien, era incapaz, porque ahora gracias a unas palabras ensordecedoras, que son justo mis favoritas, porque son las que siempre me han rescatado de las feroces fauces de la absurda ilusión de felicidad que tiene la sociedad, y lo he conocido a usted, señor, prodigioso en estas artes de desilusionar, desmotivar y derrumbar,  he podido decidir frenar el tren con las pocas o remotas fuerzas que tengo, aun con lágrimas en mis ojos, con el corazón dolido por la cruda verdad y con un deseo de quedarme como estoy, que se va desvaneciendo conforme pasan los días.


Me has recordado lo inefable, quien diría que lo que vendría en mi rescate no era un príncipe azul sino la mismísima parca en su obscuro corcel, llevándome a los corredores fríos de la realidad, que no es tan real, pues se ha contradicho usted señor, pero prefiero aprehender lo que significan esas sus palabras en mi vida, que encontrar más huecos a lo que no se puede ocultar, puesto que ha sido evidente desde hace mucho. 


Esta indigna forma de amar de la presente servidora, ha sido rechazada, escupida y vituperada, con justa razón, porque es en sí, la representación misma de la estupidez. Ya no lo culpo, aunque duela que mis humildes afectos, sean despreciados por alguien a quien amé sinceramente y que solía quejarse de que nadie lo había amado así, pero sírvase esta experiencia para descubrir que no era un amor así lo que quería, señor, sino otra cosa.


Ahora podemos darnos por bien servidos, pues ambos nos hemos rescatado de un engaño sin precedentes, el suyo, era que anhelaba un amor como el ofrecido por mí; y el mío es que podía amarlo así. 


Me queda por recorrer de nuevo el empinado camino hacia la independencia de mi pensamiento, mis sentimientos y mis ideas, he de reconstruir mis perspectivas y mis argumentos, entenderé qué es lo que quiero pero más que todo aceptaré que habrán cosas que no podré tener, aunque las quiera con toda mi alma.





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